Cuando el crecimiento llega a los puertos…pero no al trabajador
Milcia Michelle Pérez García / Email :[email protected]
Hablan de un crecimiento del más del 4.0% y llevamos 10 millones de TUS movidos en lo que va de este año 2026. Pero hagamos una pregunta ¡quienes se benefician de esto en realidad si los puertos ganan popularidad sus estrategias aumentan su modernización también, pero a costo de que y de quienes?
Las cifras avanzan con rapidez.
Los informes celebran.
Los gráficos ascienden.
El crecimiento económico se presenta como sinónimo de progreso, pero rara vez se acompaña de redistribución real. Se habla de modernización, competitividad y posicionamiento logístico, mientras el impacto social queda fuera del discurso.
Cada puerto anuncia expansión.
Cada terminal proyecta inversiones.
Cada operador presume eficiencia.
Sin embargo, lejos de los muelles y de las grúas automatizadas, existen escuelas con techos deteriorados, aulas sin recursos básicos y estudiantes que aprenden en condiciones precarias. Provincias enteras permanecen al margen del desarrollo, atrapadas en infraestructura deficiente, servicios públicos limitados y oportunidades escasas.
El contraste es evidente:
Mientras los puertos crecen en volumen y tecnología,
los presupuestos educativos siguen siendo insuficientes.
Mientras se destinan millones a la modernización logística,
comunidades completas carecen de bibliotecas, laboratorios o transporte escolar digno.
Mientras se celebran récords operativos,
el pueblo continúa esperando inversión real en salud, vivienda y formación.
El modelo actual prioriza la rentabilidad antes que el bienestar colectivo.
La expansión portuaria no se traduce automáticamente en mejores salarios, ni en educación fortalecida, ni en desarrollo territorial equilibrado. El crecimiento se concentra en ciertos sectores, pero no fluye hacia las bases sociales que sostienen la economía.
A mayor volumen de carga, mayor presión laboral.
A mayor automatización, menor estabilidad para muchos trabajadores.
A mayor productividad, menor participación del ciudadano común en los beneficios.
El sistema exige más con menos.
Menos personal cubre más tareas.
Menos descanso sostiene más turnos.
Menos voz acompaña más control.
Y mientras tanto, las provincias abandonadas continúan invisibles. No llegan nuevas escuelas, no llegan hospitales equipados, no llegan proyectos sostenibles. Solo llegan discursos.
El desarrollo se mide en toneladas y contenedores, nunca en calidad de vida.
Así se consolida una paradoja profunda: el país crece, pero su gente no progresa al mismo ritmo.
El trabajador se vuelve una pieza reemplazable.
El pueblo, un espectador del avance económico.
La dignidad laboral queda fuera del balance financiero.
Este tipo de crecimiento no redistribuye: concentra.
No fortalece comunidades: fortalece capitales.
No eleva al ciudadano: eleva indicadores.
Se normaliza el desgaste.
Se romantiza la productividad.
Se silencia la desigualdad.
El progreso, cuando no incluye educación, salud y desarrollo territorial, deja de ser progreso.
Porque mover millones de contenedores no significa mover millones de vidas hacia adelante. Y mientras los puertos continúan expandiéndose, el pueblo sigue esperando que ese crecimiento algún día llegue también a las aulas, a las provincias olvidadas y a los hogares que sostienen el país desde abajo.
Hasta entonces, el desarrollo seguirá siendo una palabra grande…
con un retorno pequeño para la mayoría.


