Trazos
Por Edwin Cuevas Rodríguez
Profesor Universitario y Diplomático de Carrera
A menudo nos perdemos en quejas triviales, mientras el espejo del mundo refleja realidades más hondas: quien yace en un hospital suplica salud, quien enfrenta una enfermedad terminal clama por vida. ¿Dónde se oculta la solidaridad prometida, dónde la palabra empeñada, dónde la voluntad que alguna vez nos definió? Parece que el tiempo ha relegado los valores al polvo de la historia, mientras se exalta lo efímero: el deseo de ser cualquier criatura antes que tender la mano, la guerra como única salida en lugar del diálogo y la comprensión, el amor al prójimo sustituido por la obsesión con lo material. ¿Hacia qué destino nos encaminamos? Todo indica que transitamos una involución crítica, un retorno forzado al origen. En el transcurso de mi vida he contemplado sucesos difíciles de explicar, pero tan ciertos que me han llevado a decidir siempre en favor de uno mismo, sin olvidar jamás al que camina a nuestro lado.
Quizás estas palabras parezcan huecas a oídos que rehúsan escuchar, pero su eco revela una verdad incómoda: la promesa incumplida, aquella que se dirige a un niño, a un joven, a una mujer o a un adulto mayor, se convierte en un agravio que hiere más que el sisilencio.
En una sociedad donde la imagen prevalece, aunque sea falsa, la labor cotidiana de quienes sostienen el tejido social se pierde en un salón de ciegos, sordos y mudos. El cuerpo humano, creado para sentir, se ve traicionado por la mentira: la que se pronuncia para dañar y la que se dice para consolar, ambas igualmente engañosas, ambas igualmente juzgables. Estos trazos poéticos son reflejo de un sentimiento que todos deberíamos leer y comprender.
Detente un instante y pregúntate: ¿hacia dónde caminas? ¿Saludaste hoy a tu padre o a tu madre con un “te quiero”, un “te extraño”, un “pienso en ti”? En esos gestos sencillos se guarda la memoria de los apellidos familiares, la historia que llevamos inscrita en la piel. Muchos la relegan al olvido, pero la conciencia —esa voz íntima e ineludible— siempre recuerda lo que se ha hecho bien y lo que se ha hecho mal.
Mis abuelos, uno nacido entre Potuga y Monagrillo, el otro oriundo de Orconcito, solían sentarse en sus portales, detrás de la mecedora de cuero curtido, para repetir una enseñanza que hoy parece olvidada: que las metas no se alcanzan con la prisa, sino con la aptitud, la disciplina y la perseverancia, que el éxito no se mide por la velocidad con que se ejecuta una tarea, sino por la resistencia que la paciencia y el estudio otorgan al final del camino. Hoy, sin embargo, resulta doloroso constatar que el triunfo se valora en función del menor esfuerzo, que la tecnología ha desplazado la necesidad de pensar, de equivocarnos y de aprender de nuestras propias fallas.
La pregunta inevitable es qué legado dejaremos a las generaciones venideras: un futuro incierto, marcado por lo banal y desprovisto de humanidad. Escribo estas líneas al estilo de Juan Saramago, intentando imitar su prosa extensa, donde la coma se convierte en pausa de pensamiento y la reflexión crítica se abre paso antes de llegar al punto final, ese que él utilizaba para desnudar la condición humana y el poder.
Aquí yace la voz de alguien nacido en una tierra que desde sus orígenes ha sido paso obligado de quienes buscan descifrar el misterio y los beneficios de este punto estratégico en el corazón de Latinoamérica, un lugar donde la historia se entrelaza con la memoria y donde la pregunta sobre el rumbo de nuestra humanidad sigue sin respuesta.


